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Te pido, por favor, trasládate al 2006… Cuando tenías 11 años y le hiciste saber a una preadolescente nadadora que tu mirada en ella se había posado.

Se paraba María en la puerta de tu salón de clases, a darle a sus conocidos una sonrisa amigable. Pero sólo sus amigas se percataban de que tú, con interés, la saludabas.

Cuando la veías entrenar en el Gimnasio Cubierto, pronunciabas un halagador saludo, al que ella pasaba por alto llena de un nervioso orgullo.

***

-¡María! -grita un amigo.

-Dime -respondió volviéndose a él, sonriente.

-Hay un amigo que quiere conocerte.

-¿Quién? -pronunció, expectante.

-Uno de ellos dos -dijo señalándote a ti y a un conocido apodado Bigote-, adivina…

-Bigote -dijo María con gran pesar -porque había percibido un lindo trato de éste- pero desde el Chequeo Deportivo que tuvo lugar en el Estado Lara, sólo quería conocerte a ti.

-¡No! -sonrió el amigo. Es el otro.

Se alumbraron los ojos de María pero -sin dejar salir su encanto-, dijo: no te creo.

María se dió la vuelta y siguió su camino.

En otra ocasión, una bella y buena amiga, se dirigió a María y le comentó que tú -sin pronunciar tu nombre- querías decirle algo, y la llevó hasta ti, sin dejar de sujetar su brazo.

Agus -así le llamaba ella- juntó tu mano con la de María, y tú la miraste intimidado, mientras ésta no mostraba ninguna simpatía.

-¿Quieres ser mi novia? -preguntaste con nerviosismo.

-Sí -dijo de manera odiosa.

-No, no, no -objetó Agus-, eso fue muy frío. ¡Otra vez!

Tú y María sonrieron apenados.

Repetiste la pregunta, y la respuesta de María volvió a ser positiva.

No quedaste convencido de que la difícil María había aceptado andar contigo, así que, fuiste tras ella, y confirmaste lo antes dicho.

Desde aquel día, fueron novios.

Sin embargo, luego de la despedida de fin de año escolar, el celular de María cayó en un balde de agua, y como tú no contabas con uno, recordar el número de tu mamá era lo único que podía ayudarla.

La amable señora le respondió sin demora, le avisó que estabas de viaje con tu abuelo y -dictándole su número telefónico- la animó a llamarte en cualquier momento.

No obstante, María se aterrorizó, y avergozada por aquel atrevimiento, se acobardó y jamás te llamó.

Al año escolar siguiente, estudiabas en otra secundaria. Y para el 4to y 5to año de bachillerato, tú y María intercambiaron de liceo.

-¡María! -exclamó, ante toda la clase, uno de tu ex compañeros- ¡Abraham te manda saludos!

María se ruborizó de inmediato, y su rostro sorprendido no pudo ocultar ni por un rato.

La clase entera le pidió explicación, pero ella -intimidada- no habló. En consecuencia, la profe de psicología la apremió y, ante tanta presión, ella cedió.

Tú y María volvieron a verse, cuando cada uno visitaba en los liceos a sus antiguos amigos y compañeros. Pero no hubo palabras entre ustedes, sólo nacían miradas de las que quizá ninguno se atrevió a ser intérprte.

María Rubio.

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